En una de las ciudades más prósperas de la China ancestral, vivía un muchacho llamado Aladino. Era un joven desobediente y perezoso que prefería jugar en las plazas antes que aprender el oficio de su padre, un humilde sastre que había muerto de pena al ver la indolencia de su hijo. Aladino vivía solo con su madre, una mujer trabajadora que hilaba algodón día y noche para llevar un poco de pan a la mesa.