En una aldea rodeada por un bosque tan espeso que la luz del sol apenas lograba besar el suelo, vivía una niña cuya bondad era conocida por todos los habitantes de la comarca. Su posesión más preciada era una capa de terciopelo de un rojo tan intenso como las amapolas en verano, un regalo de su abuela que la pequeña lucía con orgullo en cada estación. Por esta razón, el nombre con el que se le conocía en los valles y senderos no era otro que Caperucita Roja.