En una época en que los mercaderes medían su fortuna por el número de barcos que cruzaban los océanos, vivía un hombre inmensamente rico que tenía tres hijas. Las dos mayores eran vanidosas y egoístas, amantes de los bailes y las sedas finas. La menor, sin embargo, era tan bondadosa y hermosa que todos la llamaban simplemente Bella. Su belleza no residía solo en la armonía de sus rasgos, sino en la paz que transmitía al leer bajo los sauces o al cuidar el jardín de su padre.