Había una vez un joven y gallardo príncipe que vivía en un reino lejano, una tierra de montañas majestuosas y valles fértiles donde el sol parecía brillar con un color dorado especial. A pesar de tener todo cuanto pudiera desear —caballos veloces, maestros sabios y los tesoros más brillantes—, su corazón albergaba un deseo profundo y persistente. Anhelaba encontrar una compañera de vida. Pero no buscaba a una mujer cualquiera que fuera simplemente hermosa o inteligente; su ideal era supremo y casi inalcanzable. Tenía la firme convicción de que solo podría ser feliz si se casaba con una princesa de verdad, una joven que poseyera una esencia real tan pura y delicada que fuera imposible de fingir.